De vuelta por la sabana de Bogotá

En el último lustro las más importantes publicaciones del mundo (TNYT, NatGeo) han calificado a Colombia como uno de los destinos obligados a conocer, gracias a su riqueza de climas, paisajes, fauna y flora, así como a la amabilidad de su gente y a los renovados aires de paz. Y esta variedad se hace evidente en su capital y los alrededores.

 

El solo hecho de haber sido fundada a 2620 metros sobre el nivel del mar, convierte  A Bogotá en una de las capitales más altas del mundo, que si no estuviera en pleno trópico mantuviera cubierta de nieve la mayor parte del año. Esa situación geográfica privilegiada la hace propietaria de un clima agradable todos los días, y que invita a aventurarse montaña arriba o montaña abajo en busca de paisajes diversos y alegría infinita.

 

La ruta más recomendada sale por la Autopista Norte para desviarse hacia Zipaquirá, donde se encuentra la “maravilla número 1 de Colombia”: la Catedral de Sal. Simplemente mágico es este lugar cavado a más de 160 metros bajo la superficie, que sirve de refugio a iglesia, tiendas, cafeterías y con una iluminación preciosista en lo que era una mina de sal explotada por los antepasados muiscas. Sin embargo antes de llegar aquí, es preciso detenerse en los parques centrales de los municipios de Chía y Cajicá para recrear las costumbres de los pueblos sabaneros de antaño.

 

Y continuando por el norte de la Sabana de Bogotá está Guatavita y su mítica laguna sagrada, epicentro de la leyenda del dorado. En lo más alto de la montaña está resguardada esta tacita verde que en su insondable fondo atesora riquezas arrojadas por los muiscas a sus dioses y caciques, mientras abajo se recrea el pueblo de estilo antiguo andaluz.  Al regresar, es obligatorio ir a la represa del Sisga, tomarse las fotos de rigor con un paisaje que quita el aliento, para continuar hasta el Puente de Boyacá que espera al viajero para relatar historias de independencia, antes de arribar a la meta final: Villa de Leyva, un pueblo colonial tan hermoso que dan ganas de empacarlo en la maleta.

 

El regreso, es recomendable hacerlo por Sopó, un encantador pueblo lechero, para luego pasar por La Calera y detenerse en un mirador que muestra la cara bonita de Bogotá y tomar alientos de aventurarse por la calle 80 para salir hacia La Vega y Villeta dos poblaciones veraniegas en medio de agrestes montañas verdes. O por qué no más bien tomar la ruta de las frutas que parte por el occidente, atraviesa el desierto de Zabrinsky y  se descuelga por entre fincas productoras de frutas tropicales y entre pueblos tibios y cálidos como La Mesa, Anapoima, Apulo y Tocaima en donde abundan los resorts y hoteles para fines de semana.

 

No obstante la ruta más concurrida es la que sale por la Autopista Sur para llegar a la capital jardinera de Colombia, Fusagasugá, y tomar impulso hasta Melgar, conocida como el veraneadero natural de los bogotanos, gracias a su infinita oferta de piscinas, para finalmente concluir en el puerto fluvial de Girardot.

 

Pero si lo que se quiere vivir es una cultura totalmente distinta, la mejor opción es tomar la Vía al Llano, que entre viaductos túneles y una geografía agreste, se llega a Villavicencio, la capital de la Orinoquía colombiana, una región totalmente distinta a los Andes en donde el paisaje quita el aliento.

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